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Le Père Michel JaouenMichel JaouenMichel tiene mucho apego al mar. Afirma que no, que el mar no le resulta indispensable, que podría vivir sin él. Quizás. Pero, por lo que yo sé, entre él y el mar hay mucha intimidad, connivencia y complicidad. En Ouessant, donde nació en 1920, el mar ya le rodeaba.
Cuando su padre, doctor, antiguo médico de la marina, se instala cuatro años después en Kerlouan, en el Finistère, el mar sigue cerca: a unos metros de casa. Durante los siete años que pasa en el colegio del Bon Secours, en Brest, vive en un entorno de marineros. Más tarde, contará con la ayuda de muchos de sus antiguos camaradas que llegaron a oficiales de la marina _como su propio hermano, Hervé. En 1943, se confía también al mar para escapar de los ocupantes y llegar a Inglaterra. Una avería de motor hará fracasar la tentativa. Más tarde, cuando empieza a ocuparse de la juventud delincuente: ¿dónde establecerá su centro? En el Aberwrac'h, donde el mar penetra lejos en las tierras. Compra un terreno vasto, edifica dos grandes campamentos y le pide al mar que intente tener ocupados a esos « ladronzuelos ». En su flota, un velero lleva el nombre de "Bel Espoir I".
Por mucho que diga lo contrario, es un marinero hasta la médula. Siente el mar, siente el viento, siente las velas, registra e interpreta los más mínimos ruidos o chirridos del bote y de su aparejo. Es más un maniobrero que un técnico de la navegación. No lleva el timón, no manipula el sextante, pero se ocupa de que el itinerario sea verificado y no se olvida de anotar los errores. Durante los momentos difíciles es el primero en llegar al puente y su voz atronadora altera a la tripulación y grita ordenes. ¡Ah! ¡Qué voz! Está perfectamente adaptada al mar y al viento, pero en tierra, guarda su volumen y su tono ligeramente ronco que ataca el tímpano... Al final, su voz lo traiciona: no puede bajar el tono, como si siempre estuviese en el mar. ...Michel conservó un aspecto robusto: una estatura atlética, 1.78 metro, 85 kilos, ante-brazos que rivalizan con los de Eric Tabarly; manos anchas y firmes. Es cierto que hace todo a bordo: es mecánico, intendente, cocinero, encargado de radio, marinero... Busca en el motor, hunde las manos en los baños para desatascarlos, corta la carne o vacía el atún, tensa la vela: nunca para. Cuando viene a ayudar a la maniobra su apoyo es decisivo: su peso y sus músculos hacen la diferencia, todo viene a él y él os aplasta.
Descansa a su manera: duerme por todos lados y con facilidad. En la cocina, sentado frente a un horno cuyo calor molestaría a cualquier, en los sillones de la carroza y, a pesar del barullo que lo rodea, sobre el cordaje, y en las escalas, en los cafés o en las discotecas donde los pasajeros a quienes lleva bailan y cantan. Es un signo de buena salud.
Por lo demás, no fuma ni bebe, salvo cuando come. A veces, se marea en el navío pero no le gusta que se note o que se le hable de eso... Para un miembro de una familia de quince hijos, hay que reconocer que lo lleva bien. La raza bretona es una buena raza. … Se le podrá ver con todo tipo de indumentaria, según las circunstancias y las estaciones. Llevará un mono, un impermeable o un bañador, pero lo reconocerán con rapidez, ya que su personalidad se impone y atrae. A menudo va mal vestido, descuidado, manchado, pero tiene prestancia y su cara está muy bien esculpida. Cuando se afeita y se pone un pantalón y una camisa, es muy elegante. Sabe ser seductor, convincente. Sin embargo, se muestra accesible. No se preocupa de los preliminares o de las precauciones mundanas. Su manera de hablar es simple pero jamás vulgar. Nunca pensó que para adaptarse a su interlocutor podía debía utilizar un vocabulario fingido. Tiene un lenguaje que conviene a todos, y en cualquier ámbito.
Este contacto directo y franco es comprendido por los extranjeros, a pesar del obstáculo que puede constituir el idioma. Su honestidad puede gustar o no, según la disposición de cada uno. Algunos se sorprenden o les choca cierta falta de consideración, o el hecho de no hacer concesiones en cuanto a la función o al grado de sus interlocutores. No aprecian sus declaraciones en la televisión ni sus entrevistas de prensa en as que desmitifica a los hombres y sus acciones. Otros, por el contrario, se divierten con esa vitalidad y se alegran de conocer a un personaje tan libre, que declara en público verdades que ellos no se atreven a revelar. Nosotros, que hemos vivido con él, sabemos muy bien que esa franqueza no es un estilo ni una originalidad que cultiva. Es la expresión de su libertad interior y de su interés por la libertad de los demás. Pasó de Fresne a la residencia de las Epinettes y de las Epinettes al «Bel Espoir». Irá hasta donde crea que necesita ir y no echará la mirada atrás. Se ha convertido en una «figura», pero no le gusta el culto a la personalidad. Es conocido, pero no cuenta con ningún reconocimiento.
… Se introdujo en todos los ambientes, vivió numerosas experiencias. Participó en la historia de tantas personas que podría estar cansado, aburrido, sin ilusin. Pero no es el caso. Es cierto que es realista y que nadie es más consiente que él de lo que pasa en el mundo. Simplemente, el hombre cuenta para él y por instinto está a su lado en la lucha por la existencia. Quiere defenderlo contra la injusticia de la fortuna o la injusticia social, contra todo lo que amenaza aplastarlo y quitarle la esperanza. Nunca pierde la esperanza por alguien, indiferentemente de su pasado, de los errores cometidos, o de los defectos que tenga. Desde el momento en que alguien se dirige a él, se encarga de él, a su manera, al mismo tiempo fuerte y discreta. El interés que tiene por la gente no es nada sentimental: os trata de una manera directa y sobria sin dejarse llevar por la compasión y, sobre todo, sin crear dependencia. Los servicios que os rinde no os encadenan a él. Nadie teme pasar por un ingrato. Da sin esperar nada a cambio. Despareces, te espera. Vuelves, está ahí para acogerte sin reproches ni preguntas ni rencor porque, aceptándote, aceptó los riesgos de tu propia aventura. Eres tú quien debe aprovechar las ocasiones que te brinda para ayudarte, porque él no podrá sustituirte.
No dejará de ofrecerte nuevas oportunidades y, si la primera solución no funciona, encontrará una segunda, y otra después. Hablará con los innumerables amigos que tiene por todos lados y que realmente le aprecian. Llamará, se desplazará, intervendrá, pero siempre será el último recurso, el último refugio hacia el que vienen los que se encuentran en dificultades. A su lado buscan la seguridad y la sensación de existir. Él mismo es tan enérgico, que al tratarlo se tiene la impresión de volver a vivir, de sacar de él las fuerzas y el dinamismo que necesitan. Hasta tal punto que algunos, temiendo no poder mantener ese grado de vitalidad si se alejan de esta fuente de energía, no quieren abandonarlo. Este apego no es del gusto de Michel, cuya misión es conducir a cada ser hacia la independencia y la autonomía.
… Ya sea en el «Bel Espoir», en su pequeña estancia parisina o en su centro de l'Aberwrac'h, se desarrolla en torno a él una micro-sociedad depurada de todas la convenciones pesadas, de todos los tabúes que inhiben. Una micro-sociedad compuesta por todos los ámbitos sociales, por todas las historias individuales que no se averguenzan de haber sido vividas, y ello gracias a la simplicidad y naturalidad que reina en las relaciones.
En este pequeño mundo, donde la organización es reducida al mínimo y roza el desorden, hay un lugar para la improvisación, el apañarse, el imprevisto. La vida discurre y desecha las máscaras, los malos recuerdos. Es un mundo a medida del hombre en el que el hombre encuentra su medida. ¿De dónde saca Michel su dinamismo? ¿Cómo logra mantener tan elevado y tan constante ese potencial de vitalidad? … Michel es religioso y sacerdote. Entró en la compañía de Jesús en 1939 y recibió el sacerdocio en 1951. Cada uno deberá decidir si le conviene establecer un vínculo entre su fe y la calidad de su influencia. Extracto de «Bel Espoir. Tres viajes con los drogados.»
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